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ACTUALIDAD __________
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Registro de Propiedad Intelectual
Nº 5014702.
 
_______________________________________ Editorial
 
Estalló la primavera sudamericana
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Bolivia, Chile, Colombia y Ecuador se encuentran en pleno proceso de ebullición social a pesar de una coyuntura económica favorable, pero que esconde grandes desigualdades en la distribución de las riquezas y problemas endémicos de exclusión.

Latinoamérica se agita de norte a sur. Sudamérica en particular es testigo de reclamos populares y medios que parecieran reflejar en forma aislada las problemáticas locales del país en donde se desarrollan, pero la génesis del problema es un denominador común en todo el subcontinente: la alarmante falta de justicia social.

Este concepto de justicia, entendido como equidad de oportunidades y distribución para todos, se contrapone en forma dramática a la realidad social en naciones con economías en apariencia fuertes que en las últimas décadas han experimentado crecimiento sostenido, pero que sin embargo no lograron que el mentado “derrame” producto de esa bonanza alcance a todos por igual.

En el mejor de los casos, este derrame es solo una garúa y no alcanza siquiera a empapar las billeteras de los que sostienen todo el peso de esa estructura neoliberal y reafirmante de las elites oligárquicas, relegando sus ilusiones de bienestar al simple acceso a bienes de consumo masivo importados.

                     Modelos

Pero también el subproducto de esta característica endémica de la región es la desindustrialización, la especulación y manipulación financiera, la concentración de medios, altos impuestos, privatización de los servicios públicos, acceso limitado a la salud, al transporte,a la educación y la degradación de las pensiones.

Todo este conjunto de situaciones hace tambalear a los gobiernos, y algunos se sostienen ya sin el respaldo del pueblo pero si con las muletas de las fuerzas de seguridad y los ejércitos.

Este modelo es el que ha pretendido poner los derechos sociales en el mercado, buscando convertirlos en mercancías, como ha sido el caso con la educación, la salud, el trabajo y las pensiones”, dijo días pasados Nicolás Lynch, sociólogo y ex embajador de Perú en Argentina, a la agencia NODAL.

Pero Lynch también sostiene que la serie de gobiernos populares que florecieron en la región en las últimas décadas lograron achicar las brechas y sentaron un precedente en cuanto a calidad de vida y reclamos sociales. Antes, las transiciones democráticas se limitaban a alternar en el poder a sectores de elite para gozar de los privilegios de la política y a la vez continuar “con el programa de abuso y saqueo neoliberal”, agrega el académico.

Es cierto que las protestas por servicios públicos caros, malos e insuficientes coinciden en Chile, Ecuador, Bolivia y Colombia, pero es fundamentalmente en los privilegios de clase, -con diferentes matices-, en donde los reclamos se escuchan prácticamente iguales, y la reacción explosiva de una población cada vez más afectada por la exclusión no iba a tardar mucho más. 

El papel de las elites en la coyuntura sudamericana                 

Respecto a las elites y sus contrapartes, la falta de oportunidades educativas también asoma como cuestionamiento, interpelando el planteo meritócrata que como sociedades importamos de los países más avanzados. 

Chile, el alumno ejemplar y el protagonista menos pensado de las protestas, es el ejemplo fáctico de esta crisis en donde la valoración de acuerdo a los méritos es una cortina de humo que la mayoría de las veces solo pueden traspasar ricos y portadores de apellidos ilustres.

El caso más claro es el acceso a la educación y salud de calidad. Según expresó el año pasado la diputada chilena Camila Vallejos, esa idea de la meritocracia “es una mentira. Nosotros tenemos un país desigual, tenemos un país con tanta brecha socioeconómica y cultural que es muy difícil que opere realmente” esa condición.

El caso de Bolivia es distinto en su concepción, ya que es la representación de la población históricamente excluida la que padeció el ataque de las elites racistas, las cuales propiciaron un golpe de Estado para descabezar un gobierno popular que dignificó a los sectores indígenas mayoritarios, tradicionalmente discriminados por el supremacismo criollo de las llanuras del este del país.

Sobre el gobierno depuesto, la periodista argentina María Seoane dijo en una columna de opinión publicada en el diario Página 12, que el mismo “redujo la pobreza, alfabetizó y recuperó los recursos naturales nacionalizados para su patria plurinacional, donde crecía el sueño de la integración de los pueblos originarios con los descendientes de los conquistadores”. 

Sin embargo –continúa Seoane- esta mejora sustancial y la aplicación de la justicia social no diluyó “la reiterada condición golpista del etnofascismo boliviano; la derecha que odia a los indios y a los negros” que no está dispuesta a compartir ni dar acceso a otras etnias a sus privilegios de clase.

También en Ecuador el intento de reformas económicas puso en pie de guerra a amplios sectores de sociedad, tanto fue así que el gobierno tuvo que mudar su sede de Quito a Guayaquil para no tener que enfrentar las protestas y realidades de las sociedades desplazadas.

Colombia, el último (por ahora) de los protagonistas de esta primavera sudamericana sufre por heridas internas que aún no terminan de cicatrizar. Son factores muy locales pero que también nacen de esa exclusión corporizada a través del asesinato de líderes sociales, la flexibilización del mercado laboral y del sistema de pensiones, además de la falta de financiamiento del sistema de educación superior.

La anatomía del problema neoliberal colombiano es muy similar al que encontramos en Chile”, expresó en la Agencia RT Luis Gonzalo Segura, ex militar español y escritor. El país exhibe orgulloso buenos niveles de crecimiento, pero estos–señala Segura- “no han repercutido de forma generalizada en el bienestar social de los colombianos porque los beneficios han terminado en las élites o han sido exportados del país por las grandes multinacionales”.

“Las élites olvidaron a los trabajadores” dice Segura, y el mundo entendido como realidad latinoamericana “olvidó la justicia social y se entregó a la dictadura de los beneficios empresariales”.

Pero existe un último e importantísimo denominador común inseparable de la desigualdad intrínseca: la criminalización de la protesta, represión y el uso de la fuerza contra la población general. En todos los países, sin excepción, actuó el brazo armado de los sectores privilegiados para mantener el status quo y asegurarse las mieles del extractivismo.

Queda profundizar sobre el papel de los medios concentrados y los intereses extranjeros, actores siempre dispuestos a apuntalar a las elites.

El fuego que recorre Latinoamérica se gestó y se mantiene hasta tanto los convidados de piedra (desahuciados, indigentes, precarizados, minorías desplazadas y clases medias eternamente aspiracionales), sigan viendo pasar delante de sus narices los “beneficios” del modelo neoliberal, extractivo y concentrado para que este termine en las manos de unos pocos privilegiados, engordando los bolsillos de unas pocas y gigantescas fortunas. 

 

Por Manuel López Melograno. 



 
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| Noviembre de 2019 | Edici├│n Nº 30.
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